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LA VICTORIA DE LAS BICICLETAS (del Libro CUENTOS DEL TRANSANTIAGO)

Anoche llovió. Hoy está todo calmo, tranquilo, hay un sol frío. Me pongo el buzo, una chaqueta gruesa y el gorro de lana, nunca olvido los guantes porque se me congelan los dedos. Aún medio dormida, me subo a la bici y empiezo a pedalear, el calor entra a mi cuerpo, despierto lentamente. Cuando hablo, aparece ese humito que sale por la boca, con el que puedes hacer argollitas. Esta altura cambia mi perspectiva y encuentro un ritmo distinto al de los autos y del caminante. El mundo es diferente desde aquí.

Yo también era distinta cuando todo comenzó. Era matea, inteligente, obediente, el orgullo de mis padres, pero me encontraba terriblemente sola porque no tenía amigos. Era tan tímida, que cada vez que me hablaban me ponía roja y quedaba muda. En ese tiempo, además, estaba en cuarto medio y tenía que decidir muchas cosas sobre mi futuro. La angustia se apoderaba de mí y yo era una adolescente acomplejada, con pecas, espinillas y muchos rollitos de más.

Esta vez no se cómo me atreví. Llegó el vecino de improviso, a mostrar su bici nueva a mis padres. Yo me fui para dentro, me quedé callada, saqué los platos de la mesa y corrí a la cocina. Mi corazón latía con fuerza, mi respiración se agitaba y todo mi cuerpo se ponÌa a tiritar. Nunca entendí esta reacción, era totalmente irracional. Entonces lo hice, me dije: “Victoria, tu no puedes seguir así”. Sobreponiéndome a la timidez y a mi misma, le pedí la bici para dar una vuelta a la manzana.

Que angustia cuando me dijo que sí, pues tuve que responder a mi pedido y aperrar. El asiento me quedaba un poco alto, pero no me importó. Ya era grande el paso de hablarle, como para además decirle que lo bajara. Igual me subí, empecé a pedalear, mis pies apenas alcanzaban. Se me desequilibró el cuerpo y la bici, casi me caigo. Por suerte nadie me miraba, ahí si que me habría caído de verdad. Parece que nadie sabía de la intensidad de mis tragedias, porque de lo más bien que se quedaron conversando como si todo fuera normal.

Seguí pedaleando hasta que la bici se equilibró, en realidad yo la equilibré. Sorprendida del movimiento, pedaleaba y pedaleaba, encontrando una nueva sensación. Algo me pasó en las piernas, una corriente, un calor. Algo me hizo clic.

Después de ese momento se me ocurrió sacar una bici destartalada que había en la bodega de la casa y arreglarla. El TRANSANTIAGO se había instalado en la ciudad y para mi era otra angustia. Eran las ocho, nueve, diez de la noche y yo aún estaba en Plaza Italia, rodeada de gente esperando locomoción, con el horror de estar parada en la calle eternamente. Mis padres no tenÌan auto y tomar todos los dÌas un taxi o un colectivo perjudicaría el presupuesto familiar. El tiempo de espera tampoco significaba nada, ya que a veces simplemente no paraban porque venían llenos. Había que seguir detenida.

La gente indignada, estaba tan sobrepasada que se tomaban la calle para impedir el paso de las micros, o bien las golpeaban, obligándolos a parar y, al menos, poder subir. Era tanta la necesidad de cambiar el estado que habían personas que tomaban otros recorridos, incluso hacia lugares que no tenían nada que ver con sus destinos.

Al día siguiente aumentaba la intensidad de la tragedia cuando sonaba el despertador. Agotados, a empezar toda la locura nuevamente. La gente estaba desanimada, con ganas de dormir y sin querer continuar. Todo se hacía pesado en esos momentos, había que encontrar fuerzas, levantarse aún más temprano.

El lunes nació la Victoria. Puse mi mochila en la espalda y partí. Al principio un poco atemorizada, especialmente cuando llegué a la Avenida principal donde encontré al gigante, los autos y los monstruos del TRANSANTIAGO. El paradero lleno de gente, nuevamente. Que felicidad cuando pasé por el lado y avancé!!avancé!! Dejé a todas esas personas atrás!! me dejé a mi misma atrás. Llegué a la luz roja, me detuve. Cuando dieron la verde seguí mi camino. El espíritu, el aire en la cara, el pelo moviéndose, mis piernas que pedalean y pedalean, la sensación de gastar energía, hacer ejercicio por el simple hecho de trasladarse de un lugar a otro. La mochila en la espalda cada vez menos pesada. Mi libertad.

En la ciudad, cruzar la calle es como capear olas. Viene una tras otra. Si no sabes moverte, pueden agarrarte, revolcarte y ahí no más quedaste: adolorida, con moretones, con susto y tragando agua. Es como un pingüino que nada y, al ser tapado por las olas, desaparece.  En la CLETA el paisaje cambia. Empiezas a andar más lento por la vida y el aire, los colores, todo se transforma en algo distinto. Observas el salto de cada ola, cómo rebota su espuma cae y aparece otra. El mar se calma un segundo y el pingüino vuelve a aparecer, sobrevivió.

Yo también aprendí a nadar, sobreviví. Ya no me pongo tan roja y puedo hablarle a la gente, bajé de peso y mi mente cambió. Todavía no se que estudiar, no tengo muchos amigos y el vecino aún no me mira. Pero ya se cómo navegar en este mar citadino, ya encontré una ruta, un camino adonde pedalear.

PREÁMBULO

Todos se levantan a bailar. El alma dieciochera de cuecas y cumbias los tienen fatigados. Está bien celebrar fiestas patrias, pero también es bueno el rock de aquellos años para descargar todas las energías acumuladas por el trabajo de la semana. Llevan rato en la fonda y, entre uno y otro conocido, ya todos se conocen. Aún así, bailan sin mirarse. Cada quien en su lugar, busca algún punto neutral al cual dirigir la vista, disimulando que saben perfectamente quien esá al frente. Es un baile en tiempos en que poco se demuestra y la imagen se convierte en algo fundamental, como artistas televisivos, misteriosos y fugaces, suponiendo que los momentos son tan solo momentos. Ella sabe como comportarse, sabe que a pesar del cansancio vale la pena quedarse. Si no, el corazón lo pagará caro.

La música llena el espacio y la fiesta está mejor que al inicio. Las conversaciones, entre vinos y cervezas, alegran el ambiente y las canciones de otros tiempos los hacen cantar y bailar simultaneamente, permitiendo un sutil cruce de miradas.

Un espacio de silencio se instala. Es tarde. Queda uno que otro caballero pasado de copas, que insiste en cambiar esta música poco entendible y nefasta para los oídos. Como en estos tiempos de integración todo es posible, también es posible aceptar aquel bolero antigüo, tradicional, que se ha dado a conocer por su propio peso.

Se miran. Instante en que confirman que bailan juntos. Paralizados, suponen que deben sentarse. Saben, también, que esa mirada es un paso a aprovechar. No es fácil vencer la timidez disfrazada de indiferencia y esos momentos se dan pocas veces en la vida.

Se miran. En un mismo tiempo se acercan y, simultaneamente, se toman, ella del hombro y él de la cintura, para moverse juntos al ritmo de aquella melodía. Difícil. Imitar a alguien que solo existe en la imaginación no es fácil. Pura intuición, sin vergüenza o con mucha risa nerviosa para disimular. Tomarlo como un juego que se olvida al terminar. Jugar a algo distinto, a los padres y abuelos.

No se coordinan. Ella no sigue sus pasos, aunque tenga toda la intención. Los pasos de él no acompañan los de ella. Se detienen, se enseñan, lo intentan nuevamente entre risas y gestos. Imposible. Uno, dos pasos armónicos y todo se desordena. A empezar. No queda claro si quieren una coordinación óptima. Lo asimétrico circula y jugar a quedarse en la pista de baile es hacer evidente lo poco real de la congruencia.

Ella toma sus hombros. Lo sigue, aún con dificultad. El quiere que ella lo siga, aunque sea ridículo. Ella toma su hombro y se acerca más. Siente su cuerpo. El la abraza con más fuerza, la mira a ratos, buscando una sonrisa cómplice. Pero los pasos… los desleales pasos.

Terminan las risas. El y ella más cerca. Pasos sin intención que encuentran algún encuentro. El la lleva, ella lo sigue, sin saber donde, no le importa. La lleva, sin pensar y sin sospecha, ingenuamente, a moverse aún sin horizonte. Los pasos se acomodan, para que empiece ella a dar el ritmo y le muestre otro lugar, desconocido y sin final. Se unen en la sonata que impresiona por su eternidad. Y él la lleva para que ella lo lleve, para que él la lleve, en un abrazo cada vez más fuerte, con más ritmo.

El la abraza, pasando suavemente su mano por la espalda y la espalda se toca con su mano. Y la mano de ella acaricia sutilmente su hombro, siguiendo el baile eterno, interminable, ella con él y él con ella, haciéndolo saber. El está con ella. Ambas mejillas se sienten y más fuerte se abrazan. El calor de la respiración es evidente y el baile perfecto. Llegaron.

Los pasos, la respiración innagotable, la espalda y el hombro, nacidos por primera vez, nuevos e ingenuos. Cuerpos juntos en el baile eterno de una canción pasada, cuerpos juntos en el silencio de la respiración, en el movimiento irracional.

Cuerpos inmersos en una melódica ilusión, no pueden hacer más que mirarse un rato, un instante, y darse un beso.

LA ESPERANZA DE APOLO

Es de mañana. Salgo, como siempre, a pasear por el barrio.

Un caballero me llama. Como soy amistoso, me acerco. El señor me toma y me sube a un auto. Creo que vamos a dar una vuelta o que vamos a casa, pero él avanza por calles que no conozco, hasta que llegamos a un lugar donde hay otras personas. Es una calle laaarga, con perros de todas razas y tamaños. Llega alguien, le pasa unos billetes al señor y me suben a otro auto. Tengo miedo. Me preocupa mi dueña y los vecinos.

En mi paseo matinal visito a los vecinos. Ellos me dan comida, a veces dulces y chocolates.

dalmata

Este nuevo caballero me lleva a un lugar muy grande, una parcela, donde hay una perrita parecida a mi. La perrita me gusta de inmediato. Tiene un olor tan rico que olvido mis nostalgias y la persigo como loco. Estoy desesperado y enamorado. Ella hace como que no quiere, pero igual se pone cerca mío y después se aleja y se acerca y se aleja y llora, hasta que por fin me subo encima de ella… Lo que sigue no lo cuento porque es privado y no tiene palabras para explicarlo, pero me gusta tanto que olvido, por un tiempo, todos mis problemas.

Estamos así como una semana… siempre igual. Yo no me canso, ella tampoco.

Poco a poco el olor se pasa y mis ganas también. A medida que acaban las ganas, aumenta la nostalgia y quiero volver a casa. Lloro todas las noches, no quiero comer, no quiero correr, estoy muy triste. Adelgazo tanto que se me ven las costillas. Mientras, mi perra amiga engorda y engorda. No se porqué.

Soy blanco con pintas negras. Dicen que soy bonito porque tengo las orejas paradas y cara de tierno. No se que tiene de bonito eso. De lo que siempre se ríen es que tengo una bolita, eso que llaman testículos, una rosada y otra ploma. Así nací. No se porqué los humanos se ríen de esas cosas.
Mi dueña siempre habla bien de mi. Le cuenta a todos las gracias que hago y me encuentra inteligente y tranquilo. Se impresiona, pues dicen que los dálmatas son tontos e hiperkinéticos.

Yo la extraño mucho. Extraño los paseos en auto. Me costó acostumbrarme. Al principio vomitaba y, a veces, me hacía caca. Ella, con toda su paciencia, limpiaba. Tiene mucha paciencia. Me sacaba tres veces al día a pasear, me enseñó a cruzar la calle, a no hacer pipí en el departamento, a  jugar con otros perros. Tiene mucha paciencia, pero también demasiada confianza. Yo a veces salía sólo y me entretenía con cualquier cosa. Avanzaba no más, sin saber, hasta que me perdía. Muchas veces me perdía, pero existía un hilo invisible, entre ella y yo, que nos unía.

Esta vez el hilo se cortó y estoy perdido. No se cómo llegar a mi hogar. Estoy en un lugar m·s grande que mi departamento, tengo donde correr y jugar, tengo mi compañera y amiga, la dueña de casa me quiere como si fuera su hijo. Tengo todas las comodidades que quiere cualquier animal, pero aún así hay un vacío en mi corazón. Una tristeza que siento todas las noches, al recordar mi casa, mi cama, mi amigo gato, el departamento, los vecinos, la plaza, mi amigo Mancha, el auto en el que paseaba y a mi queridísima dueña que piensa en Apolito, en cuándo volverá.

Cada vez que oigo una bocina de auto, paro más mis orejitas y escucho antentamente, con la esperanza de que me vengan a buscar.

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XIMENA ARRAU, Psicóloga
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