“Lo que se convierte en DOLOR FISICO es algo que podría haber sido DOLOR PSIQUICO”. Segunda Parte
Viene de: “TRANSFERENCIA E HISTERIA: II.- LA Histeria en Freud. Primera Parte.
Elegí los “Estudios sobre la Histeria” suponiendo que en los casos existirían ciertas repeticiones que ayudarían a establecer esta estructura y el tipo de transferencia en particular. Es interesante que cada caso va aportando nueva información que permite ir construyendo la teoría.
Antes de los “Estudios…” Freud escribe algunos textos donde plantea parte de la teoría, habla del método hipnótico y de la sugestión. Se pregunta ¿Por qué los síntomas persisten?
En “Estudio Comparativo de las Parálisis Motrices Orgánicas e Histéricas”, de 1893, dice: “Todo suceso, toda impresión psíquica, se hallan provistos de un valor afectivo del cual se libertó el yo, ya sea por medio de una reacción motriz o bien, mediante una labor psicológica asociativa. Si el individuo no quiere o no puede poner en práctica estos medios, el recuerdo de la impresión adquirirá la importancia de trauma y se constituirá en causa de síntomas permanentes de Histeria. La imposibilidad de la eliminación se impone cuando la impresión permanece en lo subconciente”. A esta teoría le ha dado el nombre de “derivación por reacción de los incrementos del estímulo”.
En “Un Caso de Curación Hipnótica” (1892-1893) distingue la Histeria de la Neurastenia, basándose en el concepto de “representaciones contrastantes penosas”. En este texto ya habla sobre “disociación de la conciencia” y de la representación aislada, que será luego, objetivizada por inervación somática. La representación contrastante se constituye en una “voluntad contraria” y el enfermo se percata con asombro de que toda su voluntad positiva permanece impotente. Aquí entrega un ejemplo muy clarificador en relación a una madre que no puede amamantar a su hijo:
“Una neurasténica hubiera sentido graves temores (…) y dado infinitas vueltas en su pensamiento a todos los accidentes y peligros posibles, acabando por criar a su hijo perfectamente, aunque atormentada por constantes dudas y temores o bien, hubiera abandonado su propósito, considerándose incapaz (según la fuerza de la representación contrastante). La Histérica no tiene conciencia de sus temores, abriga la firme intensión de llevar a cabo su propósito y emprende, sin vacilación, el camino para lograrlo. Pero a partir de ese momento se comporta como si abrigase la firme voluntad de no amamantar al niño, la que provoca todos aquellos síntomas subjetivos que una simuladora pretendería experimentar para eludir el cumplimiento de sus obligaciones maternas: falta de apetito, repugnancia a todo alimento e imposibilidad de dar pecho a causa de los dolores. Como la voluntad contraria es superior a la simulación consciente, en relación al dominio del cuerpo, presentará la histérica toda una serie de síntomas objetivos que la simulación no consigue hacer surgir. En contraposición a la falta de voluntad de la neurasténica, existe aquí una perversión de la voluntad. En vez de la resignada indecisión de la neurasténica, muestra la histérica asombro e indignación ante la dualidad para ella incomprensible”.
Las representaciones contrastantes penosas, coartadas y rechazadas por la conciencia normal pasan a primer término y encuentran el camino de la inervación somática en el momento de la disposición histérica. Esto ayuda a entender, también, la peculiaridad de los delirios que acompañan los ataques histéricos: “los delirios histéricos de las monjas en las epidemias de la Edad Media consistieron en graves blasfemias y en un desenfrenado erotismo. Los niños mejor educados y más formales son los que en sus ataques histéricos se muestran más groseros, insolentes y mañosos” . Las series de representaciones trabajosamente reprimidas quedan convertidas en actos, a consecuencia de una voluntad contraria, cuando la persona sucumbe al agotamiento histérico. Es dicha laboriosa represión la que provoca el estado histérico.
“La histeria debe a esta emergencia de la voluntad contraria aquel carácter demoníaco que tantas veces presenta y que se manifiesta en que los enfermos se ven imposibilitados de realizar aquello que más ardientemente desean, hacen precisamente lo contrario de lo que se les ha pedido y calumnian aquello que les es más querido o desconfían de ello.
La perversión del carácter, propia del histérico; el impulso a hacer el mal o a enfermar cuando más desea la salud, constituye una coerción a la que sucumben los más intachables caracteres cuando quedan abandonados por un tiempo a la acción de las representaciones conmtrastantes”
“Los propósitos inhibidos toman vida (…) como fantasmas de un tenebroso reino, hasta el momento en que logran emerger y apoderarse del cuerpo, que hasta entonces habría servido fielmente a la conciencia del yo”
En una carta de homenaje que Freud hace a Charcot en 1893, cuenta la historia de cómo este médico empieza a dedicarse al estudio exclusivo de la histeria (“esta enfermedad, la más enigmática de todas”). Demuestra que los fenómenos de la neurosis son los mismos en todos los tiempos, describe los fenómenos, sus leyes, normas y enseña a conocer los síntomas. Describe las formas del ataque histérico y establece un esquema de la estructura típica del “gran” ataque. También estudia las zonas histerógenas y su relación con los ataques. En un momento demuestra que las parálisis son consecuencia de representaciones dominantes en el cerebro en momentos de especial disposición. A este resultado se enlaza Janet, Breuer y otros, quienes desarrollan una teoría de la neurosis que coincide con el concepto medieval, cuya única diferencia es sustituir al “demonio” por una fórmula psicológica. Bernheim construye la teoría del hipnotismo sobre una base psicológica amplia y hace de la sugestión su nódulo.
Continuará en “TRANSFERENCIA E HISTERIA: III.- La Histeria en Freud. “Estudios sobre la Histeria”
*En el prólogo a la 2ª edición de 1908 Freud dice: “…a quien se interese por la evolución que condujo de la catarsis al psicoanálisis, no podría darle mejor consejo que el de comenzar con los Estudios sobre la Histeria, recorriendo así el mismo camino que yo hube de seguir”*
“Lo que se convierte en DOLOR FISICO es algo que podría haber sido DOLOR PSIQUICO”. Primera Parte.
Viene de: “TRANSFERENCIA E HISTERIA: Transferencia y Psicoanalista”
Resulta más difícil hablar de Histeria que de Transferencia, ya que no es claro lo que caracteriza una estructura histérica. Las asociaciones que surgen son: la pregunta por “¿Qué es una mujer?”; la inconformidad, la insatisfacción y el cambio de objeto. También la histeria refiere a pacientes que tienen síntomas físicos sin correlación orgánica. Se plantea a la histérica como una persona ubicada en el lugar de objeto, en ese primer lugar que tiene todo ser humano cuando nace que es ser objeto para el otro. También se plantea como aquellas mujeres identificadas al padre.
La palabra “histeria” está siendo muy utilizada por el sentido común: histeria colectiva, “se puso histérica”, “es una histérica”. Se atribuye, en general, a las mujeres y a las personas exageradas o gritonas.
Como es una palabra muy usada y abusada en la actualidad, fue necesario ir al origen del psicoanálisis, a los “Estudios sobre la Histeria” de Freud.
Este texto fue escrito en 1895. Se ubica en el volumen I de las Obras Completas, en cuya edición se ordena cronológicamente la obra de Freud. Este hecho y el contenido del relato hacen patente que se encuentra en los inicios del Psicoanálisis, aún cuando hay momentos en que se refiere a la neurosis y a la histeria como si ya llevara un tiempo en el tema. Son interesantes los cuestionamientos que hace Freud sobre el diagnóstico, las distinciones con otras patologías, sus preguntas y peleas con el método catártico y su tendencia, como buen médico, a dar órdenes, indicaciones, sugerencias. Se vislumbra cómo la teoría freudiana está muy entrelazada a las luces que van entregando las pacientes. Así como en Anna O se hace clásico el concepto inventado por ella: “taking cure” o “cura por la palabra”, aquí la paciente Emy de N. apela a Freud: “Entonces, francamente malhumorada ya, me dice que no debo estar siempre preguntándole de donde procede esto o aquello, sino dejarla relatarme lo que desee” (pag 64). Freud mantiene su lugar de investigador, cuestionador inquieto y curioso. Esta actitud invita a replantear el lugar de psicoanalista cuyo motor debiera ser la pregunta por el ser humano, descubrimiento que se hace a través del estudio, de la atención de pacientes y del propio análisis.
Continúa en: “TRANSFERENCIA E HISTERIA: La Histeria en Freud. Segunda Parte”
*En el prólogo a la 2ª edición de 1908 Freud dice: “…a quien se interese por la evolución que condujo de la catarsis al psicoanálisis, no podría darle mejor consejo que el de comenzar con los Estudios sobre la Histeria, recorriendo así el mismo camino que yo hube de seguir”*
Viene de: “TRANSFERENCIA E HISTERIA: I.- Sobre la Transferencia”
Freud califica a la transferencia como el motor que permite la cura. Es gracias a ésta que el paciente puede trabajar con la subjetividad. Para que funcione, el psicoanalista deja su ser colgado en la percha y da la posibilidad a la persona a hablar de sí misma. El paciente deviene en un discurso, se explaya, el analista lo escucha, silenciosamente. Al ser escuchado por otro, el paciente se dirige a éste, como si lo hiciera a “su Otro”: el analista encarna todos aquellos personajes internos del paciente.
El paciente repite con el Otro, el vínculo que estableció en sus primeros años de vida y que, probablemente, establece con los demás. La forma cómo llega un paciente es similar a cómo ha enfrentado la ayuda a lo largo de su historia: llega desconfiado, avergonzado, inseguro, demandante, inquieto, apresurado. Estados que conllevan preguntas y demandas: “¿Cómo me puede ayudar usted?” ”Yo no debiera necesitarla, yo debiera resolver esto solo”, “Bueno, ayúdeme. Pregúnteme, yo le respondo”.
En este espacio el paciente puede reflexionar sobre su modo de vincularse. El analista no es una madre sobreprotectora ni abandonadora, no es un padre ausente ni autoritario. El paciente, inconscientemente, lo ubica en esos lugares y es necesario que eso se produzca para que funcione el trabajo.
La función del analista es escuchar. Escuchar implica, a veces, sostener la angustia del paciente, darle un lugar, posibilitar un espacio de reflexión y subjetividad. Hay pacientes que sienten que hablan solos, creen que esto se podría hacer a una pared, a un árbol. No consideran que alguien efectivamente, los escucha. Escuchar implica un reconocimiento, manifestar a alguien que lo que dice tiene valor. Por esto, no basta con hablarle a la pared, sino que es necesario que exista quien escuche.
Metafóricamente, el paciente habla a esos otros que lo hicieron ser y que el terapeuta representa. Por ejemplo, un paciente le reclama a su madre que lo dejó solo en un momento de su vida. Lo más probable es que la madre responda: le dirá que no, que su memoria falla, le pedirá disculpas eternamente, se sentirá culpable en silencio. En la relación terapéutica el analista no responde de la misma manera, sino que utiliza esa queja para que el paciente hable sobre sus recuerdos, sentimientos y relaciones. Para que reflexione, llore, pelee, comprenda y elabore el origen de su soledad. Al relacionarse de otra manera con el analista experimenta nuevas formas de vínculos, que producen efectos en sus interacciones cotidianas.
Algunos pacientes temen que el vínculo terapéutico se transforme en una dependencia interminable, en la que nada se hace sin preguntar al analista. Existe el miedo a que el psicólogo falle y lo descuide, contando infidencias o abandonándolo. Existen muchos miedos al involucrarse en una relación terapéutica, uno de los vínculos de mayor intimidad. Es necesario hablar sobre esto en este espacio, ya que todo lo que surge en esta intimidad, posiblemente define o estorbe otras intimidades.
En la terapia se produce, de alguna manera, lo que se debió establecer en la primera infancia. El analista le reserva un lugar al paciente, lo reconoce como sujeto, con nombre y apellido, escucha dónde está ubicado subjetivamente y le da un espacio para que su palabra sea desplazada, pueda liberarse y ser intercambiada.
El analista es como debieran ser los “buenos” padres. Acompañan en un principio, dan la mano para que camine, le ayuda a sostenerse interiormente, para llegar a un momento en el que la persona sigue su recorrido en forma autónoma. En este sentido, el analista supone siempre, en su práctica, que el paciente es responsable de sus acciones y decisiones. Solo así se logra un buen trabajo.
Continúa en: “TRANSFERENCIA E HISTERIA: La Histeria en Freud. Primera Parte”