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TRANSFERENCIA E HISTERIA: VI.- “Relaciones Transferenciales: ¿Qué hay del Cuerpo?”

Viene de: TRANSFERENCIA E HISTERIA: VI.- “Relaciones Transferenciales: Primeros Lazos”

¿Por qué los síntomas son físicos? ¿Qué hay del cuerpo en esto?

Las características de la histeria y en especial la sintomatología física sin correlato orgánico, lleva a ampliar la problemática de la histeria hacia una pregunta fundamental del ser humano: ¿Cuál es la relación del cuerpo con la psiquis?

La persona histérica no sería consciente de sus temores, lo que la llevaría a tener toda la intensión de hacer lo que se propone. Sin embargo, en el momento en que va a realizar sus acciones, surgen una serie de síntomas que se lo impiden y que la dejan inhabilitada. Lo particular de esta situación, es que ella no atribuye estas dificultades a sí misma, sino que las concibe como un padecer, como algo que está fuera de su control e incluso se sorprende y enoja por su incapacidad. Freud la distingue de la neurasténica: “en vez de la resignada indecisión de la neurasténica, muestra la histérica asombro e indignación ante la dualidad para ella incomprensible”. Desde aquí se plantea otra característica de la estructura histérica: la disociación de la conciencia.

En el mundo occidental, el cuerpo se percibe como algo ajeno a la persona, como un órgano. La enfermedad, como un padecer que invade desde afuera, que nada tiene que ver con ella. Al estar ligada a la muerte, produce tal miedo, que es imposible cuestionarla. Sin embargo, en muchos casos se observa que la única manera que tienen algunas personas de liberarse de un compromiso que no quieren realizar es a través del cuerpo, de algo socialmente aceptable como es la enfermedad.

La histeria es una evidencia, una representación de este concepto: los síntomas sin correlación orgánica, la disociación de la conciencia, muestran un cuerpo que habla cuando el sujeto “cree” no tener nada que decir. El contenido “no dicho” es incompatible con el YO del sujeto, por lo que es más fácil expulsarlo de la conciencia que enfrentarlo.

Muchas veces las familias se constituyen alrededor de una enfermedad, en la cual le corresponde a uno de sus miembros ser responsable del enfermo. Es  habitual, por ejemplo, ver pacientes que se hacen cargo de madres enfermas y que éstas se hicieron también cargo de sus propias madres: “Ella cuidó a su mamá enferma hasta que ella misma se enfermó. Ahora me toca cuidarla a mí”. En estos casos se observa que la única posibilidad que tiene esta persona de terminar con la responsabilidad de cuidar a la madre es enfermándose. Al hacerlo, le toca a la hija cuidar a su madre.

Las enfermedades producen mucha “tensión” y, a la vez, mucha “a-tención”, pudiendo, incluso, impedir posibilidades de cambio en quien está a cargo de esta persona: en muchos casos sucede, por ejemplo, que justo en el momento en que un hijo se va a ir de la casa, la madre se enferma.

Freud recalca el factor accidental en el cual se instala el síntoma y la ligazón entre diversos eventos que coinciden y que permiten entender el origen de la zona histerógena. Generalmente sucede que el primer dolor es orgánico, pero la connotación subjetiva que se le da a este dolor, hace que tenga un significado particular. Esto se ve claramente en los niños y en cómo ellos van utilizando un dolor físico para llamar la atención de su madre y, al conseguirlo, este empieza a constituir su personalidad.

¿Qué está pidiendo el niño? ¿De qué dolor se trata?

Continúa en:  TRANSFERENCIA E HISTERIA. IV. “Relaciones Transferenciales: Doble Conciencia” 

TRANSFERENCIA E HISTERIA: VI.- “Relaciones Transferenciales: Primeros Lazos”

Viene de: TRANSFERENCIA E HISTERIA: ”Relaciones Transferenciales” 

¿Cuáles son los primeros lazos a los que se liga una criatura para constituir una estructura histérica?

El caso que mejor refleja esto es el de Isabel.  Ella ocupa un lugar de “hijo” del padre. Es la menor de tres hermanas, por lo que se podría suponer que había una esperanza en la familia, de que naciera varón. De esta manera, la paciente es una mujer más en la familia, por lo que pasa desapercibida: no hay nada que la haga especial. Además, nace cargada por la deuda de no satisfacer los anhelos del Otro, constituyendose ésto en una carencia que suplir. Así, ella busca un reconocimiento y se convierte en salvadora de la familia y en cómplice de su padre. La paciente es abnegada, sacrificada y enfermera de todos, lugar en que se hace necesaria. En este caso habría que indagar, además, otras situaciones vinculadas a la estructura de la paciente. Por ejemplo: el contexto en que nació: ¿Salvadora de qué?

En el momento que empiezan los síntomas físicos es, justamente, cuando la paciente es “desleal” a su padre: siente afecto por otro hombre y justo cuando cambia su atención afectiva, se agrave la enfermedad de él. Sin embargo, ella se enferma dos años después, cuando va de paseo con su cuñado: surge el deseo de encontrar un hombre similar y ser feliz como la hermana. En esos tiempos ésta se encuentra enferma y se agrava poco a poco, lo que coincide con una agudización de sus propios dolores. En el momento que muere la hermana, emerge un pensamiento en ella: “Ahora él ya está libre y puede hacerme su mujer”: La paciente tenía un afecto por su cuñado, contra cuyo acceso a la conciencia se rebelaba todo su ser moral. Para ahorrarse la dolorosa certidumbre de amar al marido de su hermana, crea un sufrimiento físico (conversión psíquico – somático). Luego, en el análisis, se ve que este sentimiento proviene desde mucho tiempo atrás.

Continuará…

LA DIFICULTAD PARA DECIR “NO”: ¿Dónde están los Padres hoy?

“En la noche llego muy tarde,  mi hijo ya está durmiendo. A veces se despierta, me dice que esté con él, que le de algo para comer, que lo lleve a mi cama. No soy capaz de decirle que no. Quiero entregarle todo, para eso trabajo”

Los padres de hoy hacen grandes esfuerzos por compensar a los niños, con cosas que ayuden a satisfacer sus carencias y ansiedades en forma inmediata. Esta actitud ha producido una problemática generalizada en nuestra sociedad: La dificultad para decir NO a los hijos.

Uno de los motivos, es la existencia de una vida cotidiana en la cual hay exceso de trabajo. El objetivo es adquirir cada vez más bienes y servicios, incluso para los mismos niños, lo que implica largos tiempos de ausencia por parte de los padres. Esta dinámica está empañada de sentimientos de culpa y de miedo a no ser queridos por los hijos. Como consecuencia, se van produciendo desequilibrios y alteraciones en el sistema familiar y en la personalidad del niño.

Lo que sostiene esta situación es el supuesto: “quiero darle todo a mi hijo. Él es todo para mí. Yo soy todo para él” ¿Qué significa esto? ¿Se puede ser todo para alguien? ¿Se puede dar todo a alguien?

En el ser humano ha existido siempre una ilusión de completud, de que en algún lugar existirá algo o alguien que me complementará. Como el sistema actual facilita un mayor acceso a los objetos, esta ilusión se exacerba, ya que siempre se está suponiendo que al obtener algo, se llegará por fin a la felicidad, al equilibrio buscado: “ahora sí que seré feliz”. Si los padres tuvieron carencias en su infancia, el tema se complejiza más, ya que esto se transforma en la idea de: “quiero darle a mis hijos todo lo que yo no tuve”.  

El problema de base radica en que este vacío es interminable, nunca será completamente satisfecho y las cosas que se ofrecen para taparlo, también. Aún así, es esta premisa la que produce muchas de las patologías del mundo actual.  Se busca colmar el vacío con comida, con exceso de afecto, con permisos, con juguetes y con todo lo que el niño pida y quiera.

Esta situación se exacerba con la información que entregan los medios de comunicación, tanto por los objetos que ofrecen, como por los valores que transmiten, ya que muchas veces son contradictorios con los de los padres. Como la televisión e internet ya forman parte de la rutina diaria, los mensajes trascienden la autoridad paterna y van teniendo cada vez más fuerza. La palabra de los padres empieza a perder su poder y ellos mismos se sienten asombrados. Su valor se ve disminuido, creen cada vez menos en sí mismos, se sienten desorientados respecto a lo que se debe hacer y empiezan a delegar la educación a otros: al colegio, a la televisión, a los profesionales, incluso a los propios hijos. Una paciente que va con su hijo al psicólogo dice: “yo quiero que él (mi hijo) me diga si me separo o no de mi marido”.

 Esta dinámica va creando padres que empiezan a vivir al servicio de sus hijos y va produciendo niños sin límites, que empiezan a tener más poder que los propios padres.

Es necesario reconocer la importancia de los límites en la educación, tanto para los hijos como para los padres. Los niños, al nacer, no conocen el mundo, es abierto para ellos: las posibilidades son ilimitadas y los riesgos también. El límite los va ubicando espacial y temporalmente, les da seguridad,  los ayuda a distinguirse de los demás, a apropiarse de su cuerpo, a tener conciencia de la existencia de otros, a instalarse dentro de una jerarquía, a tener referentes, a establecer una autoridad a la cual dirigirse.

Los encargados de entregar estos beneficios son los padres. La claridad y confianza que ellos tengan en sí mismos, será trasmitida a los niños. El contenido del mensaje dependerá de las ideas, costumbres, tradiciones, que cada persona tenga, lo importante es la coherencia de éste, tanto de uno de los padres como del acuerdo que exista entre ambos. Entonces, los grandes esfuerzos debieran ir en función de entender que es imprescindible que los padres vuelvan a tomar la palabra y recuperen su lugar.

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XIMENA ARRAU, Psicóloga
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