
La relación psicólogo-paciente es una de las más íntimas. Muchas personas se preguntan qué pasa con el amor en esa intimidad. Se preguntan cual es el límite y cómo se controla el afecto y el sexo en esa situación.
Muchos piensan que transgredir ese límite puede suceder y que es normal. Existen, incluso, profesionales que lo permiten, aludiendo a que “hay que dejarse fluir”. De hecho, hay películas donde sucede.
¿Y porqué no? ¿Cómo se podría evitar una atracción amorosa, erótica, sexual, si ésta va más allá de las personas, del sujeto, del sí mismo?
Es importante aclarar el tipo de amor que existe en una relación psicoterapéutica.
La relación terapéutica es asimétrica. Existe, incluso, un pago de por medio. Asiste una persona que necesita ayuda y existe otro dispuesto a ayudarla. Hay muchas maneras de ayudar. El lugar de un psicólogo es distinto al que ocupa un terapeuta ocupacional, un asistente social, un profesor, un médico. Son ayudas diferentes.
El psicologo está ahí como catalizador. Debe dejar su ser colgado en la percha de entrada y dar la posibilidad a la persona-paciente a hablar de sí mismo, consigo mismo y con sus fantasmas. El paciente deviene en un discurso, se explaya y el psicólogo lo escucha, silenciosamente. Al ser escuchado por otro, se dirige a éste, como si lo hiciera a “su Otro”. El lugar del psicólogo es encarnado por todos aquellos personajes internos, del paciente, con quienes necesita saldar deudas. En este proceso, el paciente se encuentra consigo mismo y sus fantasmas.
Es esta una manera didáctica de explicar el concepto de “transferencia”, al cual Freud calificó como el motor que permite la cura. Es en la transferencia donde el paciente puede trabajar con su subjetividad y con los personajes más íntimos de su ser.
Este proceso involucra el amor. Es con los primeros objetos de amor, con quienes lo sostuvieron por primera vez, que el paciente se vincula en una terapia. En este sentido, la relación terapéutica es una relación de amor.
El psicólogo que permite transformar esa relación en un idilio carnal comete un gran engaño. Engaña, porque ese ser que él o ella encarna en aquel lugar, no es él o ella. Engaña, porque transgrede un acto de confianza. Transgrede lo que el paciente busca: un límite, una posibilidad de que no todo es posible en la vida. De que aquél que ofrece ese espacio para que el paciente pueda explayar lo más íntimo de su ser, está ahí, permitiendo que suceda.
Transgredir ese lugar puede hacerle gran daño al paciente. Permitir un idilio sexual amoroso es un gesto narcisista y engañoso que debe ser evitado.
Y no es solo al paciente a quien daña. Qué mejor para un psicólogo que tener la capacidad de decir NO. De poner límite. De ocupar un lugar, donde no estén DOS en el diván. Donde pueda realmente trascenderse a sí mismo y a sus propios fantasmas para servir, en ese momento, a una persona que pide ayuda. Qué mejor que ser capaz de ser límite para otro.
Psicólogos, psiquiatras, psicoanalistas. Existen muchos espacios para encontrar pareja. Utilizar, dejarse seducir o aprovechar el espacio de vulnerabilidad del otro, solo puede denigrar y darle mala fama a nuestra profesión. Solo puede crear mayor desconfianza en nuestros pacientes, que ya vienen con una cuota de desconfianza a pedir ayuda. Solo puede inhibir y frustrar procesos y posibilidades de autoconocimiento.
Qué mejor que hacerse una terapia en la vida. Qué mejor que tener la posibilidad de hablar de sí mismo y dejar de tropezar con las mismas piedras una y otra vez. No le demos mala fama a nuestro oficio solo por sostener un narcisismo o por suponer que “hay que dejarse fluir”, cueste lo que cueste.
A muchas mujeres de hoy le ha costado construir pareja, lo cual no deja de producir ansiedad. Las citas a ciegas comienzan a ser frecuentes. Las invitaciones a grupos de solteros y separados donde nadie se conoce. Las eternas presentaciones que hacen los tíos, los padres, los primos, preocupados porque la niña no se ha casado.
Por un lado, aún existe la presión social. Todavía está arraigada en nuestra cultura la necesidad de formar familia y antiguamente llegar a los treinta soltera, era ser solterona. Por otro lado, sigue presente en lo más profundo de nuestro ser, aquella mitología de la princesa que encuentra su príncipe azul.

Estos dos aspectos son muy importantes en la constitución del alma femenina. Pero más concreto y real, es la necesidad cotidiana de estar con alguien en el mundo, de compartir con otro, de que la vida es mucho mejor de a dos. El mundo actual se hace pesado para alguien solitaria y siempre es bueno tener la complicidad de la lucha, del cariño y del amor.
Estar sola es difícil. El cuerpo, la mente y el espÌritu han evolucionado. Cuando no encontramos un hombre con quien proyectar nuestro futuro, una parte de nuestro ser va quedando atrás, pegado, estancado. Pienso en las tribus ancestrales, donde un joven de una comunidad externa robaba a la muchacha, la hacía salir de su hogar para constituir otro hogar, distinto a los dos de sus orígenes. Desde este punto de vista, estar sola es quedarse pegada a los padres, en una especie de infantilismo, de niñez eterna, de un rodaje desgastante que no permite crecer.
Nuestro cuerpo ya no es el de una niña, ha cambiado. Si no es posible tener un espacio que nos conecte con nuestra intimidad, afectividad y sensualidad, algo de nuestro ser de mujeres se pierde. Además, la experiencia de ser madres se va postergando, lo cual produce una ansiedad por el límite cronológico. Se instala el miedo de tener hijos a edad avanzada, ya sea por el riesgo físico que implica o por la distancia generacional que existirá con ellos.
Nuestra mente empieza a construir futuro y nos aburrimos de tener que imaginarlo solas. Nos aburrimos de las relaciones fugaces y de la imposibilidad de tener un proyecto común. Queremos esperar a nuestro compañero cuando llega a casa y que nos espere. Queremos viajar y elegir entre ambos el mejor lugar para partir. Queremos preocuparnos porque está preocupado y preocuparle. Queremos inventar, de a dos, el nombre de nuestros hijos.
Nuestro espíritu se siente vacío. Estar en pareja es sentir una tranquilidad en el alma, que no se compara a la compañía de los amigos, de la familia, de los colegas, ni de la más deseada soledad. La intimidad que se vive es exclusiva, es de dos y de nadie más. La intimidad permite mostrarnos en todas nuestras facetas. Nos permite ser niñas, madres, feas, bonitas, rabiosas y tiernas e incluso conectarnos con lugares desconocidos. La intimidad es el lugar más intenso, pero a la vez el más enriquecedor, el de mayor crecimiento.
Todo esto circula en nuestras vidas. Sin embargo, actualmente no estamos buscando marido porque sí. Suponemos que nuestro desarrollo personal nos da el derecho de construir una relación basada en el afecto, en el respeto y en el reconocimiento. Suponemos que aunque existan dificultades, es posible tener una buena relación. Suponemos que al hablar de pareja existen dos seres que van a la par, que se potencian y se acompañan en su desarrollo, donde la postergación y el sacrificio por el otro es una opción, no un rol u obligación.
La presión social y nuestros cuentos de príncipes y princesas aún influyen en la búsqueda y estabilidad de la pareja. El deseo de no fracasar, de estar acompañada y lo doloroso que puede ser una ruptura, ayudan en el esfuerzo. Sin embargo, actualmente, para ser novios hay que amarse. Si no, no vale.