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“Y AHORA… ¿QUIEN PAGA?” I.-Algunos costos Psíquicos y Sociales que produce el Lucro en Educación

 El fin de lucro en educación tiene costos importantes para los ciudadanos y para la sociedad, ya que cuando este servicio se encuentra determinado por una rentabilidad económica se corre el riesgo de perder el objetivo principal, la tarea primaria para la que fue concebida.

 En el último tiempo ha surgido una cantidad excesiva de institutos y universidades privadas, que se han instalado con una lógica empresarial y que han llevado a las universidades tradicionales a tener que incorporarse al mismo sistema. Cuando la educación se transforma en una mercancía que pretende conseguir una ganancia económica, se ponen en juego múltiples intereses personales que no siempre garantizan la búsqueda de un beneficio común.    

Para instalarse, hay que “vender” un producto cuyo costo no sea tan caro. Surgen, así, carreras de pizarrón como psicología, periodismo, ingeniería, que necesitan poca infraestructura para ser impartidas. El problema que conlleva esta situación es que se ofrecen estas carreras sin realizar un estudio previo de las necesidades que se requieren a nivel nacional, lo que implica tener un alto índice de cesantía a futuro y una desvalorización de estas profesiones a largo plazo.  Las carreras que necesitan de mayor infraestructura como odontología o medicina, significan un alto costo económico para el alumno, que no siempre puede ser pagado y que resulta desproporcionado para la realidad del país.

La empresa necesita recursos económicos para mantenerse, para lo cual debe contar con una cantidad básica de alumnos. Esta situación está directamente relacionada con la calidad de la formación y con la exigencia que se hace a los alumnos, ya que si se reprueba más de una cantidad determinada, no es posible que la institución se financie. Este contexto transforma al alumno en CLIENTE, lo que tiene consecuencias en el lugar social que ocupa y en su relación con la autoridad: ya no es obligación del joven hacer esfuerzos para acceder a la educación superior, ser buen estudiante y profesional, sino que son las empresas-universidades las que se acercan e, incluso, ofrecen regalos a los postulantes para que elijan su institución (y la financien).

Este sistema de organización económica también influye en la subjetividad de los ciudadanos y en las estrategias que encuentran para sobrevivir en él. Algunos mienten para lograr obtener créditos de estudio, otros se endeudan en forma desproporcionada a su realidad, lo que les impide continuar estudiando.

El hecho de que los padres paguen altas cantidades de dinero para financiar los estudios secundarios de sus hijos va postergando, cada vez más, la vida adulta. Esta situación va produciendo relaciones de infantilismo, sobreprotección y dependencia familiar, ya que los padres siguen siendo los “apoderados” de sus hijos y, por lo tanto, también se sienten con el derecho de reclamar como CLIENTE frente a la institución.

Reprobar un ramo puede producir que el alumno retrase el egreso de su carrera, lo que significa que los padres deben hacer un mayor sacrificio para pagar más tiempo de educación. En algunos casos, esta situación podría implicar un exceso de exigencia y sentimientos de culpa en los hijos, ya que no “cumplir” en forma adecuada se podría sentir como si se estuviera haciendo un daño a los padres.

Esta situación va produciendo una deuda psíquica por parte de los hijos hacia sus padres que debiera ser retribuida en el futuro. De esta manera, el costo económico, psicológico y emocional de lo que significa tener una formación profesional empieza a circular más en el terreno de lo privado que de lo público. Las personas buscan estudiar para obtener un beneficio individual y familiar, no para hacer una contribución al sistema social, lo que produce que se vaya instalando una cultura cada vez más individualista.

Transformar la educación en una empresa rentable tiene costos importantes para los ciudadanos y para la sociedad. Es fundamental volver a definir el objetivo inicial, la tarea primaria que tiene la educación y, desde ahí, establecer lineamientos estructurales a seguir. Para lograrlo, es necesario considerar que uno de los problemas básicos a enfrentar es el COSTO ECONOMICO que se requiere para financiar servicios de buena calidad. Como consecuencia, una de las preguntas a resolver es: ¿Quién paga?

 

“PENSANDO EN NUESTRA CULTURA”: De la SOLIDARIDAD a la RESPONSABILIDAD SOCIAL

A propósito de la polémica actual sobre el alza de impuesto a las grandes empresas, es importante pensar en el concepto que alude a la “solidaridad de los privados”.

Es parte de la historia de la humanidad (y quizás también de los animales) el hecho de que las personas se apoderen de cosas: las tierras se compran, los recursos mineros, los cerros, el agua, los países, las ciudades. De hecho, desde pequeños se enseña a los niños a distinguir cuáles son sus cosas y las de otros, también a saber que la de los demás no se toman y que hay que pedirlas prestadas. Incluso debiera ser un derecho tener cosas propias, como una cama, por ejemplo. Esta forma de educación va estableciendo límites que otorgan un lugar al niño, le crean identidad y seguridad.

Sin embargo, es importante reflexionar sobre lo que significa el concepto de propiedad en relación a una organización económica¿De quién es?

Habitualmente en este contexto se funciona igual que los niños: “esto es mío y yo hago lo que quiero con esto”, sin tomar en cuenta que a medida que crecemos hay que incorporar otras habilidades.

En el origen de una empresa existe un inversionista, alguien que arriesga dinero, sudor, esfuerzo y lágrimas en forjar un espacio de producción que traerá algún beneficio a la población. Sin embargo, es importante considerar que este “forjador” generalmente proviene de un lugar que le permitió tener los recursos para hacerlo: familia adinerada, oportunidades de estudio, acceso a la cultura, a viajes, a información. Es decir, proviene de un lugar privilegiado respecto a los demás.

Si bien este privilegio no es “su culpa”, es importante tener claridad de  que el lugar de origen es producto del azar, de la suerte, de la circunstancias y que no todas las personas han tenido este pie inicial.

Por otro lado, para que alguien forje una empresa tiene que ser apoyado por otros: técnicos, administrativos, vendedores, aseadores. Y no solo ser “apoyado”, sino que, además,  estas personas son imprescindibles para el funcionamiento de la organización. Es aquí donde surge la interrogante por aquella frase tan utilizada: “DAR TRABAJO”, frase que supone la existencia de alguien poderoso que hace el gesto de ayudar a otro, dándole algo que le permitirá subsistir.

Este es el concepto esencial donde históricamente se han establecido relaciones de amo y esclavo, que han tenido serias consecuencias a todo nivel, ya que el “esclavo” también siente que le están haciendo un favor al tener trabajo.

Esta actitud de propiedad también tiene efectos en la relación que se establece con el planeta. Las personas se apoderan de él y se sienten con el derecho de explotarlo y de hacer uso de acuerdo a sus propias necesidades y no en relación a las capacidades y limitaciones que éste tiene, lo que lleva a producir desastres ecológicos y fuertes desequilibrios del ecosistema.

Es importante entender que las empresas son organizaciones sociales, que no están aisladas del medio que las rodea y que incluso lo necesitan para subsistir: de la naturaleza se extrae la materia prima y son los trabajadores quienes realizan parte de las acciones y labores para obtener la producción.

Esta situación invita a reflexionar sobre el concepto de  SOLIDARIDAD y a sustituirlo por el de RESPONSABILIDAD SOCIAL. En el primero se consideraría al empresario como un ser bueno y generoso que entregaría algo de su propiedad al resto, haciendo un gesto de caridad. En la RESPONSABILIDAD  SOCIAL el empresario  reconoce al trabajador como una persona fundamental para la organización y lo hace partícipe de un lugar justo y digno.

La responsabilidad social significa, por un lado, que las personas más privilegiadas de la sociedad debieran aportar con sus recursos, económicos, profesionales, personales y otros,  a construir el mundo que nos rodea. Por otro lado, implica reconocer y valorar a las personas que integran una organización, ya sea una empresa, una ciudad o un país, como agentes importantes de ésta.

En este sentido, el alza de impuestos a las grandes empresas es un deber, un gesto de justicia y reconocimiento a los ciudadanos, ya que todos participamos del engranaje de este sistema.

CULTURA SISMICA

Las autoridades han sido blanco de numerosas críticas acerca de su mala gestión frente al terremoto. Si bien hay que reconocer que la situación excede cualquier capacidad de control y no se sabe como habría enfrentado el tema otras personas, lo que se pone en evidencia es la poca cultura sísmica que existe en Chile, aún cuando éste es uno de los países más sísmicos del mundo.

Esta falta de cultura se ve reflejada a nivel institucional, donde no existen los aparatos tecnológicos suficientes para prevenir situaciones, así como falta información e investigación especializada sobre el tema. En la vida cotidiana de la población chilena tampoco existe la costumbre de prevenir situaciones ni se tiene la información necesaria para hacerlo.

Es usual ubicar  libreros, cuadros o repisas en las paredes, sobre las cabezas. Los ciudadanos saben poco sobre la historia de temblores y terremotos:  en las escuelas no hay una Unidad sobre los temblores y terremotos que han existido y al reaccionar  frente a éstos, se utiliza el instinto o la razón, pero no está incorporada, en las personas, la información técnica. Lo único formal es la Operación Deyse en el colegio, circunscrita a ese recinto en particular y no a otros lugares. ¿Sabían  que hay que correr hacia el cerro si están cerca del mar?

Solo recordamos que vivimos en un país sísmico cuando el hecho ya está consumado. Posteriormente nos convencemos de que después de 25 años “tenía” que haber otro terremoto.

No es la idea convertirse en un maniático de la prevención ni vivir con pánico constante, ya que a cada rato se está expuesto a situaciones que podrían ser catastróficas. Pero es importante incorporar esta posibilidad en nuestra familia y en nuestra vida cotidiana con el fin de estar preparado frente a situaciones desproporcionadas, que tienen serias consecuencias vitales, emocionales, psicológicas y económicas, que podrían se evitadas.

Ver: “La Poca Educación y Preparación Sísmica en Chile”, en Diario “EL CIUDADANO”

“ASOCIACION CHILENA DE SEGURIDAD”

“TRIANGULO DE VIDA”, una Nueva Forma de Prevención”

*Las palabras marcadas con naranjo llevan a páginas informativas. Si posee nueva información puede aportarla*

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XIMENA ARRAU, Psicóloga
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