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CRIAR ES CREAR: “La Voz como Soporte Emocional”

Hablar a los bebés es un acto que no siempre resulta cómodo ni fácil para algunas madres, especialmente cuando están en el vientre o son muy pequeños. A otras, en cambio, les surgen nombres, apodos, nuevas canciones, cosas tontas, absurdas, voces infantiles, dichos inspiradores que no se sabe de dónde vienen, palabras que impresionan y que producen sensaciones de extrañeza, de no ser ella quien habla. Este proceso implica un descubrimiento de nuevos aspectos de sí misma, lo que da a pensar que el nacimiento de un hijo es, también, el nacimiento de una madre.

La voz de la madre no tiene que ver con un contenido, con significados específicos de las palabras, ni con que el niño entienda lo que se le dice, sino que se relaciona con ir instalando huellas, rastros, marcas, que lo van vinculando a los primeros lazos afectivos. Tiene que ver con el sonido, con que su oído empieza a reconocer a su madre, a su padre y a las personas que tiene cerca y esto le va dando la sensación de estar en un lugar conocido.

Al hablar, se va tejiendo una red que va uniendo la palabra a los afectos, a las sensaciones, a los olores, al calor, aspectos que sostienen al niño en su primera infancia y que le entregan seguridad. Al ir acompañadas de un espacio de tranquilidad, de brazos y abrazos, se va tejiendo la relación entre la palabra y el contexto, se va hilvanando un texto que determinará al niño por el resto de su vida. Hablarle implica contención, aprecio, reconocimiento.

Al ir creciendo y teniendo mayor vínculo con el entorno, las palabras empiezan a ser más cotidianas y usuales, van acompañando las acciones que empieza a aprender el niño y les van entregando una connotación positiva: comer, bañarse, pararse, caminar, ir al baño. Aún cuando éstas tampoco tengan un  significado literal para él, algo producen, van quedando en algún lugar, hasta que llega un momento sorprendente en el cual los niños ya entienden todo. Este es un instante misterioso, ya que aún sin saber hablar, comprenden cosas que no se sabe cómo las han ido incorporando. El niño se sumerge en el lenguaje y empieza a nadar en él. 

La fuerza del sonido también puede producir un efecto contrario, el cual se refleja en la inhibición e inseguridad que presentan algunos niños y que se muestra, con mayor evidencia, en el relato que hacen los adultos de las palabras que le dijeron en su infancia, que están enlazadas al temor, la frialdad, la distancia, el desamparo.

Actualmente se afirma que es beneficioso hablar a los bebés incluso desde el vientre materno, con el fin de reforzar el vínculo entre los padres y su hijo. Esta situación significa una transformación en el adulto que muchas veces produce vergüenza y pudor, además de juicios por parte de los demás: “cómo le dices esto a una niña tan chica si no te entiende”. Aún así, es importante atreverse, cantarles, decirles cosas, contarle cuentos, confiar en que estos sonidos se van registrando en algún lugar y van tejiendo una red, un soporte emocional y afectivo, que  irán creando espacios de seguridad y de sentimientos positivos que le ayudarán en el futuro.

CRIAR ES CREAR: “Eterna Infancia”

A muchos hijos se los sigue tratando como bebés aún teniendo una edad avanzada: niños con chupete, que toman mamadera, con pañales, que duermen en cama de sus padres, que no saben vestirse solos. Si bien algunos padres tienen conocimiento de lo perjudicial que pueden resultar estas actitudes, no siempre hacen el esfuerzo por dar lugar al crecimiento

Algunos padres que fueron muy disciplinados y motivados con sus primeros hijos, al enfrentarse al nacimiento de otro niño, llegan con un cansancio acumulado, que no ayuda a inventar estrategias para dar el paso a nuevas etapas. Los padres se “ablandan” y “dejan ser”, a pesar de los costos que esto signifique.

Otro motivo que produce esta actitud, es cuando la vida cotidiana se ha configurado en función de la enfermedad de un hijo. Las angustias, temores e incertidumbre que viven los padres, dificultan la posibilidad de distinguir entre un capricho habitual y un dolor físico, lo que interfiere en la capacidad para establecer límites. Esta situación va ubicando al niño en un lugar de debilidad y dependencia que retarda su madurez.

Cuando los padres son muy aprehensivos y controladores, inhiben la espontaneidad y experimentación de su hijo. Hablan por ellos, evitan que se caigan, no permiten que suban a algunos juegos ni que se muevan libremente. Estas limitaciones podrían influir en la adquisición del lenguaje, y en las habilidades corporales y sociales que desarrolle el niño, lo que va produciendo sentimientos de inseguridad, de incapacidad y complejos de inferioridad que afectarán en la vida adulta.

Hay padres que tienden a ser apresurados y que les cuesta tener la paciencia para seguir el ritmo particular de su hijo. Como los adultos son más rápidos para hacer las cosas, es más fácil realizarlas por ellos. La agitada vida cotidiana obliga a ser eficiente y muchas veces resulta menos cansador continuar con las mismas rutinas en vez de hacer esfuerzos por cambiarlas.    

El control por parte de los padres, a veces se relaciona con una actitud de posesividad. Hay madres que manifiestan querer concebir un hijo para “tener algo mío”, otras quieren asegurarse una compañía que las cuide en la vejez. Cuando estos niños son pequeños no se les permite salir de la casa ni tener amigos, cuando son adultos los siguen tratando como niños, impidiéndoles la vida social, estudiantil o la salida natural del hogar.

Todas estas situaciones van produciendo inseguridad, tendencia a la comodidad e incluso debilidades físicas, que limitan las capacidades de los hijos para desarrollar sus propios recursos. Se va creando un círculo vicioso, ya que el niño tampoco siente una necesidad de crecer y se va ubicando en un lugar de eterna infancia, en la cual él mismo va construyendo su identidad a partir de estos conceptos.

Muchas veces el crecimiento implica pataletas, desvelos y malestares, en función de un objetivo a largo plazo. Aunque en ocasiones resulta doloroso y cansador, es necesario pasar por este proceso, con el fin de permitir que el niño vaya descubriendo y utilizando sus propias herramientas y que éstas puedan transformarse en habilidades para la vida.

CRIAR ES CREAR: “JARDIN INFANTIL, Un buen Aliado de la Familia”

“Llegó el día”, dice la madre. “Si, Mafalda comienza a ir a la escuela”, responde el padre.         

Al ingresar al recinto escolar, Mafalda y sus padres, observan que el piso está inundado. No hay goteras, no llueve, hay sol. Al avanzar hacia la sala, ven cada vez más pozas, ahí se dan cuenta que éstas son producidas por miles de lágrimas, desparramadas por los niños en su primer día de clases.                                                                                                                                                      

“Y a éstos, ¿qué les pasa?”, dice Mafalda. 

“Nada -responde el padre- angustiado. Es que algunos niños no quieren dejar a sus mamás”.                                                                                                   

(DVD MAFALDA. Vol 2: “Mafalda va al Colegio”)

Escenas como ésta son reiterativas cuando los niños ingresan al Jardín Infantil, ya sea porque a ellos les cuesta dejar a sus madres o bien, porque ellas tienen dificultad para hacerlo.    

Dejar a un hijo al cuidado de otros es un tema que produce ansiedad. Sin embargo, mantener a un niño en casa durante mucho tiempo provoca otros conflictos, ya que a medida que el niño crece se va poniendo cada vez más inquieto, curioso y demandante.  Esta situación lo hace  estar más expuesto a circunstancias de peligro que existen en todo hogar y, además, limita a la persona que lo cuida en la realización de otras actividades como labores del hogar, estudios, trabajos o bien, en la crianza de otro bebé. De esta manera, se empiezan a utilizar recursos como la televisión para que el niño se entretenga, o la comida para que se tranquilice, lo que interfiere en la posibilidad de incorporar hábitos adecuados.  

Encontrar un lugar que de confianza, donde el niño pueda entretenerse, moverse con soltura, jugar con juguetes diferentes, interactuar con otros niños y personas distintas a su núcleo familiar, permite ir desarrollando nuevas habilidades y costumbres, que van produciendo una apertura mental y emocional importante. 

A medida que el niño se va adaptando al Jardín Infantil, éste se va transformando en un lugar conocido, que empieza a formar parte de la vida cotidiana y que llega a convertirse en una extensión de la familia. Este proceso es más fácil cuando el ingreso al Jardín se realiza en edades tempranas, ya que esta instancia se incorpora de inmediato a las rutinas primarias que construyen el inicio del mundo infantil.

Cuando el niño va creciendo y teniendo más conciencia, va adquiriendo roles, conoce los nombres de las tías y de los compañeros, aprende canciones y juegos, que le ayudan a establecer un vínculo de agrado con el Jardín y que lo van transformando en un lugar de referencia y de pertenencia.

Los períodos de adaptación al Jardín son diferentes para cada niño. Este proceso depende de la metodología que tenga la institución y también, de la actitud de los padres. Para lograr una adecuada integración, es importante concebir al Jardín Infantil como un espacio propio del niño: será su lugar, el de sus amigos, de las tías, en el cual los padres debieran entrar lo menos posible. Esta paulatina separación ayudará también, a que los padres vayan recuperando sus antiguos espacios y que la familia se organice nuevamente.

Escenas como la serie de Mafalda describen la dificultad que existe para realizar la separación entre un hijo y sus padres. El Jardín Infantil facilita este proceso, aportando un lugar para que el niño pueda ir desarrollando su autonomía y su incorporación al mundo social. De esta manera, se transforma en una instancia complementaria a la familia, que refuerza la función de los padres y sus espacios cotidianos de dedicación al niño.

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XIMENA ARRAU, Psicóloga
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