COMIENDO…
¿Por qué será que las personas comen más de lo que el cuerpo necesita?
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Hay personas que, al tener un problema psicológico, consultan al médico para conseguir un medicamento que alivie el síntoma y permita seguir funcionando. A veces, el médico deriva a estos pacientes al psicólogo o al psiquiatra, suponiendo que la solución va por otro camino. Esto provoca miedos y dudas, ya que existe mucha gente que relaciona el tema de la salud mental con la locura.
Si bien es cierto que el trabajo de estos profesionales se vincula, de alguna manera, con la locura, también es cierto que todas las personas tienen dificultades. Todos los seres humanos son complejos. Todos realizan esfuerzos para estar en el mundo y cada uno lo hace a su manera.
A lo largo de la evolución, el niño se aferra a distintos factores que constituyen su personalidad. Este recorrido, que a veces implica crecimiento, otras veces presenta dificultades que lo marcan e interfieren en el desarrollo, las relaciones y la calidad de vida.
La mayoría de las veces es posible sobrevivir con estas características. Sin embargo, existen momentos en que los aspectos que en alguna ocasión ayudaron, ya no sirven. En ese momento el sistema hace crisis y se constituye el sÌntoma.
El síntoma es un aviso de que algo no funciona. Este puede ser “tapado” por un medicamento, por una vida agitada, por la inercia, por el consumo. Taparlo sirve para continuar funcionando. El problema es que en algún momento pasa la cuenta, afectando al cuerpo, a la familia, al trabajo, al propio desarrollo.
Muchas veces la persona asiste a la consulta cuando el síntoma la desborda y ya no maneja su vida. En ese momento es necesario detenerse y reflexionar. Darse el tiempo para entender lo que sucede, cómo llegó a esa situación y qué hay de la propia persona en esto. Si no realiza un trabajo consigo misma, continuará viviendo de la misma forma, hasta que el síntoma vuelva a desbordarla. Ahí, nuevamente, se sentirá sobrepasada por el destino, las circunstancias, y volverá a sentir que no controla su vida.
Realizar esta reflexión no es fácil porque significa enfrentar aspectos dolorosos de la propia historia. Se corre el riesgo de encontrar sufrimientos y necesidades de cambiar estilos de vida que, aún siendo negativos, es lo más conocido y seguro que se tiene.
En este sentido, realizar un trabajo personal es un acto de valentía y cordura. Revisar la propia historia es lo más “cuerdo” que hay. Reflexionar acerca del síntoma y sus derivados es lo más “cuerdo” que hay. No se puede estar “loco” para hacerlo.
El psicólogo ayuda a quienes buscan que la vida no les pase por el lado, no se escape. A quienes asumen responsabilidad en lo que les sucede y se hacen cargo de su presente, su pasado y su futuro. A adultos que llevan un niño adentro y quieren conocerlo. Es lo más “cuerdo” que hay.
Así como el ser humano es complejo, el proceso terapéutico también lo es. Tiene adelantos y retrocesos. A veces las personas avanzan y caen nuevamente, repiten. Otras veces, sienten que no avanzan y, de un momento a otro, se sorprenden enfrentando las mismas dificultades de otra manera.
Para realizar una psicoterapia hay que ser paciente, en el amplio sentido de la palabra: hay que ocupar el lugar de paciente y hay que tener paciencia. Esto significa tener la intención y la disposición para realizar un trabajo personal.
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Lo primero que le entrega un psicólogo a un paciente es un lugar. Esto le permite hablar acerca de sí mismo y, así, va ocupando este espacio con su ser y su historia. Subjetiviza el espacio, lo hace propio. Al hablar se escucha, algo interno se moviliza, permitiéndole relacionar hitos de su biografía y comprenderse. Al hablar, se da cuenta de cual es su lugar y por que le sucede lo que le sucede.
Hay pacientes que sienten que hablan solos, creen que esto se podría hacer a una pared, se podría hablar a un árbol. No consideran que hay otro que, efectivamente, los escucha. Escuchar implica un reconocimiento, implica manifestar a alguien que lo que dice tiene valor, es reconocer una subjetividad. Por esto, no basta con hablarle a la pared, sino que es necesario que exista otro que escuche, otro a quien hablarle.
Metafóricamente, el paciente habla a esos otros que lo hicieron ser y que el terapeuta representa. Por ejemplo, un paciente le reclama a su madre que lo dejó solo en un momento de su vida. Lo más probable es que la madre responda: le dirá que no, que su memoria falla, le pedirá disculpas eternamente, se sentirá culpable en silencio. En la relación terapéutica el psicólogo no responde de la misma manera, sino que utiliza esa queja para que el paciente hable sobre sus recuerdos, sentimientos y relaciones. Para que reflexione, llore, pelee, se enfrente a sus fantasmas, comprenda y elabore el origen de su soledad. Al relacionarse de otra manera con el terapeuta experimenta nuevas formas de vínculos, que producen efectos en sus interacciones cotidianas.
Lo que impide, aveces, realizar una psicoterapia es el tiempo y el costo económico que implica. Sin embargo, es necesario considerar que lo que alarga este proceso no es la técnica terapéutica en sí. Lo que alarga el proceso es que en la práctica, las historias de vida y la estructura de personalidad son complejas y difíciles de cambiar: los seres humanos tienden a quedarse en lo conocido y seguro a pesar del costo que implique.
Otra idea que se tiene sobre la psicoterapia es que los resultados son después de un largo y tedioso tratamiento, como si el tesoro se encontrara al final del camino. Es necesario aclarar que este es un proceso involucrado con la vida cotidiana, que tiene efectos concretos en ésta. En este sentido, es análogo a todo lo que se quiere lograr en la vida, que necesita constancia, esfuerzo y dedicación: no se consigue nada con hacer dietas intensas, en las que se adelgaza rápidamente y después se vuelve a engordar. Tampoco se consigue nada con subir un cerro en bicicleta un fin de semana, para luego bajar y volver a la vida sedentaria.
Esto no significa que un tratamiento psicológico sea eterno. El psicólogo es como debieran ser los “buenos” padres. Acompañan en un principio, dan la mano para que camine, le ayuda a sostenerse interiormente, para llegar a un momento en el que la persona sigue su recorrido en forma autónoma. En este sentido, el psicólogo supone siempre, en su práctica, que el paciente es responsable de sus acciones y decisiones. Solo así se logra un buen trabajo.
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