Una característica importante de las familias santiaguinas es que son aglutinadas, lo que significa que sus integrantes son muy dependientes entre sí. En general, los santiaguinos presentan resistencia a dejar el hogar de la familia de origen y cuando establecen una relación de pareja es habitual que se vayan a vivir a casa de alguna de las dos familias, ya sea conviviendo directamente con ésta, o bien, construyendo un lugar en el mismo terreno. De hecho, muchos se casan con vecinos/as, lo que significa que queden viviendo en el mismo barrio.
Uno de los motivos que produce esta situación es la situación económica, ya que esta forma de vivir ayuda a disminuir el costo del arriendo y a potenciar los vínculos familiares para apoyar en el cuidado de los hijos, lo que significa que muchas veces los niños son criados por la abuela o por una tía.
Si bien cada familia tiene características particulares, es usual que se le atribuyan gran valor a la madre sacrificada y abnegada, que dio la vida por sus hijos, frente a lo cual se instala una deuda afectiva o económica. Se valora mucho el hecho de que un hijo/a se quede cuidando a la madre y, en general, siempre hay alguno que cumple ese rol. En este sentido, son familias que tienden a ser endogámicas, lo que incentiva a que los hijos queden ligados a sus lugares de origen más que a construir nuevas familias.
El hecho de que las familias santiaguinas sean aglutidas y dependientes, tiene consecuencias psicológicas y sociales importantes.
Ver:
“RADIOGRAFIA AL SANTIAGO PROFUNDO: La Deuda Familiar, una posible causa del Estres Laboral”
“RADIOGRAFIA AL SANTIAGO PROFUNDO. “La Pareja como Busqueda de Familia”
Viene de: TRANSFERENCIA E HISTERIA IV.- Relaciones Transferenciales: ¿Qué hay del Cuerpo?”
Un aspecto relevante que se descubre al estudiar la Histeria es el mecanismo de “doble conciencia”, ya que a partir de este concepto se puede entender parte del funcionamiento del aparato psíquico en general.
Es recurrente en los pacientes, teniendo o no una estructura histérica como la descrita, la sorpresa que produce encontrarse con contenidos psíquicos que desconocen y que van ayudando a rearmar su historia. Por ejemplo, pacientes que tiene dificultad para establecer relaciones de pareja y siempre repiten las mismas situaciones. En las sesiones hablan de sus familias y se dan cuenta que, en algún punto, existe una secuencia similar a la que están viviendo. Se impactan con este descubrimiento y, a veces, les produce desagrado y enojo: no lo pueden creer.
Esta situación produce extrañeza. Si bien la persona tiene la imagen de sí misma y de su familia como de alguien que logra establecer vínculos sólidos, se sorprende al darse cuenta que, al mismo tiempo, existe otro espacio de relaciones frágiles, que se rompen fácilmente y que es lo que constantemente se repite.
¿Qué hay del paciente en esto? ¿Qué está repitiendo?
Esta sorpresa es la que permite suponer que hay un espacio desconocido, incluso por el propio sujeto, que está determinando muchas de las relaciones, acontecimientos y vivencias que él va teniendo en su vida.
Cuando Freud estudia la Histeria, descubre que este espacio se ha ido conformando a partir de un mecanismo psíquico llamado represión, que produce que todas las vivencias que no son compatibles con el YO del sujeto queden en el olvido. Sin embargo, Freud se da cuenta que la carga afectiva de estas vivencias, queda circulando en el espacio psíquico de la persona y la determina en la actualidad.
El proceso de análisis permite ir ligando estos montos de afectos con las representaciones que lo produjeron. De esta manera, se va recordando, construyendo y haciendo Consciente lo Inconsciente.
“El psicoanálisis es como armar un puzzle. El paciente trae las piezas y juntos, paciente y analista, van descubriendo las figuras que construyen la historia”
*Este artículo fue escrito a partir de un caso en particular, que se generalizó. Con el fin de respetar el secreto profesional, no es posible exponer los detalles del caso, que enriquecerían el texto y ayudarían a aclarar la teoría*
Continuará…
Sigmud Freud, creador del psicoanálisis, en el capítulo 2 de su artículo “Más allá del Principio de Placer”, hace referencia a un niño de un año y medio, que juega con un carrete para enrollar hilo. Cuando éste se aleja dice “oooooo”, lo que interpreta con la palabra “fort”, que en alemán significa “fuera”, y cuando se acerca: “aaaaa”, “da”, que significa “acá está”.
“El niño tenía un carretel de madera atado con un piolín. (…) con gran destreza arrojaba el carretel, al que sostenía por el piolín, tras la baranda de su cunita con mosquitero; el carretel desaparecía ahí dentro, el niño pronunciaba su significativo «o-o-o-o» (fuera), y después, tirando del piolín, volvía a sacar el carretel de la cuna, saludando ahora su aparición con un amistoso «Da» (acá está). Ese era, pues, el juego completo, el de desaparecer y volver”.
Esta observación de Freud, ha llevado a diversas interpretaciones vinculadas a la relación que el niño establece con su madre y a la manera en que va construyendo su autonomía e independencia.
Freud interpreta este juego como un mecanismo que produce un cambio desde un lugar pasivo a uno activo: “en la vivencia era pasivo, era afectado por ella; ahora se ponía en un papel activo repitiéndola como juego, a pesar de que fue displacentera“. Jacques Lacan, psicoanalista, lo entiende como un proceso que permite incorporar la función simbólica.
Cuando el niño transita desde un lugar pasivo a uno activo, siente que su accionar tiene efectos. Al darle palabras a este proceso, va significando la imagen de su madre y al simbolizarla, la incorpora en su mundo interno, lo que le ayuda a ir separándose cada vez más de su madre real.
Para que esto suceda, es necesario el espacio de ausencia.
La madre viene y va, viene y va. Este ir y venir, va construyendo un personaje interno que ayudará a sostener al niño y lo acompañará el resto de la vida. Además, esta ausencia permite ir integrando otros seres simbólicos importantes, que se convertirán en referentes y que ayudarán a constituir este mundo interno: padre, hermanos, abuelos, tíos.
A veces existen dificultades para instalar este proceso. Hay personas que han vivido excesivas ausencias, con sentimientos de abandono, que se reproducen en relaciones afectivas posteriores. También hay presencias excesivas, que producen inseguridad, dependencia e incluso ahogos, lo que impide salir al mundo y establecer nuevas relaciones.
Muchas de las patologías de niños y adultos, se producen por un “exceso de madre”. Madres ansiosas, que quieren darlo todo, que no se despegan de sus hijos, que duermen con ellos, que no les permiten caerse, que se asustan, que se angustian al dejarlo por un rato. Hay madres que sienten que el niño es de su propiedad: “quería tener algo mío”. Otras re-editan vivencias infantiles de abandono y se ubican en el lugar opuesto. Hay madres desconfiadas del mundo externo, que no se relacionan y no permiten a sus hijos hacerlo. Estas actitudes y sentimientos se van transmitiendo al hijo y van produciendo ansiedades y angustias, que también le impiden separarse.
Al tener conciencia de lo que produce este mecanismo de presencia y ausencia, se puede criar con mayor tranquilidad: hablarle al bebé desde pequeño, rodearlo de palabras que entreguen seguridad. Al irse, decirle ”la mamá va y vuelve, va y vuelve”. Permitirle caerse y levantarse solo, que pueda investigar el espacio, crear y respetar sus lugares propios: la cama, los juguetes, el jardín infantil, las relaciones con otros.
El juego del carretel y otros juegos como el “¿dónde está? – aquí está” (que es muy habitual en los niños) son oportunidades que ayudan a disminuir la ansiedad y a incorporar la ausencia como parte de la vida: con la repetición del juego, el niño va teniendo la tranquilidad de que lo que se va, regresa y lo que desaparece vuelve a aparecer. Para lograr esto, es imprescindible que la madre contribuya. Sólo con su claridad y seguridad podrá hacer de la ausencia un respiro, un espacio que permita el crecimiento.