La psicoterapia te otorga un espacio: para ser escuchado, para hablar de los problemas cotidianos y de los problemas más íntimos, para hablar de los dolores del corazón, del alma, del pensamiento y del cuerpo.
En el recorrido de la psicoterapia se reconstruye la historia personal, se alivia el sufrimiento o el síntoma que aqueja, se generan las preguntas necesarias sobre la propia existencia y sobre lo que cada uno quiere en la vida. Se descubre que es lo que hace obstáculo a los deseos, cuales son los dolores que se repiten, y qué nos hace únicos y particulares como sujetos.
¿Cuándo ir a psicoterapia o cuando pedir ayuda?
El momento de pedir ayuda es siempre algo muy personal:
Cuando estamos sufriendo y sabemos o creemos saber por que, más aún cuando desconocemos la causa, cuando sentimos que algo en la vida no anda bien, cuando nos sentimos frustrados o cuando a pesar de tener lo que siempre soñamos persiste la sensación de que algo falta. Cuando estamos deprimidos, angustiados, tuvimos una pérdida significativa, cuando vivimos una experiencia traumática, cuando tenemos un problema con la pareja, con un familiar, con un amigo, el trabajo es poco gratificante, nos sentimos sobrepasados, cuando la soledad o la vida se trasforma en una carga pesada, etc.; o cuando necesitas simplemente hablar de lo que estás viviendo o de lo que viviste en un momento de tu vida…
A veces creemos que no necesitamos ayuda psicológica, pero un médico, un amigo, un familiar nos sugiere hacerlo. No lo tomes como una crítica o una ofensa, no eres débil, no estás loco, simplemente los demás ven que podrías vivir tu vida mejor.
Ana Pizarro Palacios
Psicóloga
08-1292376

Hay personas que, al tener un problema psicológico, consultan al médico para conseguir un medicamento que alivie el síntoma y permita seguir funcionando. A veces, el médico deriva a estos pacientes al psicólogo o al psiquiatra, suponiendo que la solución va por otro camino. Esto provoca miedos y dudas, ya que existe mucha gente que relaciona el tema de la salud mental con la locura.
Si bien es cierto que el trabajo de estos profesionales se vincula, de alguna manera, con la locura, también es cierto que todas las personas tienen dificultades. Todos los seres humanos son complejos. Todos realizan esfuerzos para estar en el mundo y cada uno lo hace a su manera.
A lo largo de la evolución, el niño se aferra a distintos factores que constituyen su personalidad. Este recorrido, que a veces implica crecimiento, otras veces presenta dificultades que lo marcan e interfieren en el desarrollo, las relaciones y la calidad de vida.
La mayoría de las veces es posible sobrevivir con estas características. Sin embargo, existen momentos en que los aspectos que en alguna ocasión ayudaron, ya no sirven. En ese momento el sistema hace crisis y se constituye el sÌntoma.
El síntoma es un aviso de que algo no funciona. Este puede ser “tapado” por un medicamento, por una vida agitada, por la inercia, por el consumo. Taparlo sirve para continuar funcionando. El problema es que en algún momento pasa la cuenta, afectando al cuerpo, a la familia, al trabajo, al propio desarrollo.
Muchas veces la persona asiste a la consulta cuando el síntoma la desborda y ya no maneja su vida. En ese momento es necesario detenerse y reflexionar. Darse el tiempo para entender lo que sucede, cómo llegó a esa situación y qué hay de la propia persona en esto. Si no realiza un trabajo consigo misma, continuará viviendo de la misma forma, hasta que el síntoma vuelva a desbordarla. Ahí, nuevamente, se sentirá sobrepasada por el destino, las circunstancias, y volverá a sentir que no controla su vida.
Realizar esta reflexión no es fácil porque significa enfrentar aspectos dolorosos de la propia historia. Se corre el riesgo de encontrar sufrimientos y necesidades de cambiar estilos de vida que, aún siendo negativos, es lo más conocido y seguro que se tiene.
En este sentido, realizar un trabajo personal es un acto de valentía y cordura. Revisar la propia historia es lo más “cuerdo” que hay. Reflexionar acerca del síntoma y sus derivados es lo más “cuerdo” que hay. No se puede estar “loco” para hacerlo.
El psicólogo ayuda a quienes buscan que la vida no les pase por el lado, no se escape. A quienes asumen responsabilidad en lo que les sucede y se hacen cargo de su presente, su pasado y su futuro. A adultos que llevan un niño adentro y quieren conocerlo. Es lo más “cuerdo” que hay.