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TRANSFERENCIA E HISTERIA: I.-”Sobre la Transferencia”

Hablar de transferencia e histeria se refiere a cómo se establece una relación transferencial en una persona que presenta una estructura histérica. En este sentido sería necesario, primero, establecer el concepto de transferencia y luego indagar en las características principales de la histeria.

La transferencia es principalmente la forma de relación que un sujeto establece con el Otro, con sus primeros objetos de amor y que se repetirá en el futuro.

Cuando una persona nace se encuentra en una máxima indefensión: es absolutamente dependiente, de manera que si el otro no está, se muere. El recién nacido no tiene posibilidad de moverse, de arrastrarse, solo puede llorar y colmar con su llanto.  Es desde esta “conmoción” y desde otras, que los demás se movilizan para ayudarlo a sobrevivir.

Este primer lazo implica que el bebé queda totalmente ligado al ser que le ayudó a vivir y, además, queda en un lugar de sometimiento, de deuda frente a quien “lo salvó”.

Este es un primer momento: “Tu me diste la vida”, que implica la indefensión del ser humano al nacer y la “salvación” por parte del otro, relación que establece una posición de sometimiento.

Junto a este primer momento se van creando afectos particulares ligados a esta dependencia: “no puedo vivir sin ti”. A medida que la relación avanza, el otro va reaccionando frente a ciertos gestos del bebe, que producen en éste repeticiones porque le están dando un lugar, lo reconocen. Este reconocimiento hace que el bebe vaya seleccionando acciones, palabras, gestos, que llamen la atención y, de esta manera, vaya interpretando lo que se espera de él. “¿Qué quiere de mi?”

Estos son ejemplos bastantes simples para situar el tema de la transferencia y de dónde se sostiene. Lo que nos hace sujetos son ligazones azarosas, hilos delgados que nos salvan, pequeños lazos que nos permiten andar por la vida.

Cuando pensamos ¿Quiénes son los otros?, el esquema clásico es pensar en la madre, ya que es la primera nutriente. Luego en el padre, quien provee lo necesario para que la persona exista. Sin embargo, en la clínica vemos que estos seres primarios “naturales” no siempre han estado presentes y, en ocasiones, aún en presencia, la red que sostiene a la persona es frágil. Lo curioso es que es en esa fragilidad donde se agarran. De esta manera, la persona no solo se liga al Otro en los aspectos de reconocimiento “positivo”: una risa, un abrazo, un aplauso, sino que también lo hace en relación a lo “negativo”: el abandono, el golpe, la descalificación. Estas reacciones también sostienen la sobrevivencia: “mi madre me golpea, lo que significa que me mira, que existo”. Entonces el Otro puede ser encarnado por una persona (otro), pero la relación que se establece va más allá de ésta: se constituye en marcas, huellas, palabras, momentos, en los cuales por diversos motivos la persona queda “sujetada”

Existen personas que no tienen una constancia del objeto de amor (en la cual se puede pensar que existiría una red mejor constituida) y, sin embargo, sobreviven igual. Es en estos ejemplos donde mejor se puede graficar la transferencia, donde se puede extraer una  fotografía de la fragilidad y fortaleza. Fragilidad, porque es un lazó débil, azaroso; fortaleza porque determina el tipo de relación que establecerá el sujeto a lo largo de su vida.

Los objetos de amor son gestos, palabras, afectos (negativo o positivo) que en algún punto le entregan un lugar de existencia al individuo, lo constituyen en sujeto. Son estos pequeños hilos con los que la persona se enfrenta al mundo y se relaciona con los demás.

Estas son sus herramientas de supervivencia, no conoce otras. Este modo de relación subjetiva es el único mundo conocido por el sujeto, la manera que ha tenido de sobrevivir, de defenderse, de constituirse. Si aprendió a golpes, su mundo será de golpes. El registro es reducido.

 Desde aquí  se cuestiona la realidad. ¿Cómo un sujeto se relaciona con el mundo llevando tal carga transferencial?

Las relaciones con el semejante se vuelven complejas, confusas, cargadas de malos entendidos.

Entre yo y otro existe un mundo de transferencias ¿Cómo se puede nadar ahí?

 Continúa en:  “TRANSFERENCIA E HISTERIA: Transferencia y Psicoanalista”

 

 

EN EL PSICÓLOGO:“Me Enamoré de mi Psicólogo ¿QUE HAGO?”

amor

La relación psicólogo-paciente es una de las más íntimas. Muchas personas se preguntan qué pasa con el amor en esa intimidad. Se preguntan cual es el límite y cómo se controla el afecto y el sexo en esa situación.

Muchos piensan que transgredir ese límite puede suceder y que es normal. Existen, incluso, profesionales que lo permiten, aludiendo a que “hay que dejarse fluir”. De hecho, hay películas donde sucede.

¿Y porqué no? ¿Cómo se podría evitar una atracción amorosa, erótica, sexual, si ésta va más allá de las personas, del sujeto, del sí mismo?

Es importante aclarar el tipo de amor que existe en una relación psicoterapéutica.

La relación terapéutica es asimétrica. Existe, incluso, un pago de por medio. Asiste una persona que necesita ayuda y existe otro dispuesto a ayudarla. Hay muchas maneras de ayudar. El lugar de un psicólogo es distinto al que ocupa un terapeuta ocupacional, un asistente social, un profesor, un médico. Son ayudas diferentes.

El psicologo está ahí como catalizador. Debe dejar su ser colgado en la percha de entrada y dar la posibilidad a la persona-paciente a hablar de sí mismo, consigo mismo y con sus fantasmas. El paciente deviene en un discurso, se explaya y el psicólogo lo escucha, silenciosamente. Al ser escuchado por otro, se dirige a éste, como si lo hiciera a “su Otro”. El lugar del psicólogo es encarnado por todos aquellos personajes internos, del paciente, con quienes necesita saldar deudas. En este proceso, el paciente se encuentra consigo mismo y sus fantasmas.

Es esta una manera didáctica de explicar el concepto de “transferencia”, al cual Freud calificó como el motor que permite la cura. Es en la transferencia donde el paciente puede trabajar con su subjetividad y con los personajes más íntimos de su ser.

Este proceso involucra el amor.  Es con los primeros objetos de amor, con quienes lo sostuvieron por primera vez, que el paciente se vincula en una terapia. En este sentido, la relación terapéutica es una relación de amor.

El psicólogo que permite transformar esa relación en un idilio carnal comete un gran engaño. Engaña, porque ese ser que él o ella encarna en aquel lugar, no es él o ella. Engaña, porque transgrede un acto de confianza. Transgrede lo que el paciente busca: un límite, una posibilidad de que no todo es posible en la vida.  De que aquél que ofrece ese espacio para que el paciente pueda explayar lo más íntimo de su ser, está ahí, permitiendo que suceda.

Transgredir ese lugar puede hacerle gran daño al paciente. Permitir un idilio sexual amoroso es un gesto narcisista y engañoso que debe ser evitado.

Y no es solo al paciente a quien daña. Qué mejor para un psicólogo que tener la capacidad de decir NO. De poner límite. De ocupar un lugar, donde no estén DOS en el diván. Donde pueda realmente trascenderse a sí mismo y a sus propios fantasmas para servir, en ese momento, a una persona que pide ayuda. Qué mejor que ser capaz de ser límite para otro.

Psicólogos, psiquiatras, psicoanalistas. Existen muchos espacios para encontrar pareja. Utilizar, dejarse seducir o aprovechar el espacio de vulnerabilidad del otro, solo puede denigrar y darle mala fama a nuestra profesión. Solo puede crear mayor desconfianza en nuestros pacientes, que ya vienen con una cuota de desconfianza a pedir ayuda. Solo puede inhibir y frustrar procesos y posibilidades de autoconocimiento.

Qué mejor que hacerse una terapia en la vida. Qué mejor que tener la posibilidad de hablar de sí mismo y dejar de tropezar con las mismas piedras una y otra vez. No le demos mala fama a nuestro oficio solo por sostener un narcisismo o por suponer que “hay que dejarse fluir”, cueste lo que cueste.

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XIMENA ARRAU, Psicóloga
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